PINCELADAS REALES


-Siempre me pareció que Manet fue el mejor de todos ellos. De los impresionistas, digo...- le refirió el joven con evidente vergüenza, tratando de hacer foco en su rostro al mismo tiempo que otro turista que estaba delante de él, se mostraba interesado por sus cuadros.
-Mmm, a mi manera de verlo, Manet no fue el mejor, sino Monet. Y además, este es un Renoir-,  contestó ella sin miramientos, mientras sostenía el trazo inmutable del pincel que se deslizaba por el lienzo.
-Puede ser, me debo haber confundido. Igual... pintás muy bien, te felicito- fue lo único que se le ocurrió responder, sintiéndose apocado por el entredicho.
-Gracias. Y si..., puede ser que haya un Manet parecido a “Le Moulin de la Galette”-, devolvió ella la gentileza del comentario, con un marcado acento andaluz.

Ruboroso y sin despedirse, se dio media vuelta y atravesó la Place du Tertre evitando tropezar con algunas de las paletas de colores de los artistas urbanos que todavía le daban pelea al poniente del sol. Emprendió el regreso caminando por la empedrada Rue Des Saules hasta llegar a su hotel, una pequeña casona familiar atendida por sus dueños y reconvertida en un alojamiento barato para universitarios.
Después de una frugal cena, con la cabeza apoyada en la almohada y con la tenue luz de la lámpara de su habitación, el joven recordó las palabras que había cruzado hacía unas horas con aquella anónima pintora.

-Es un Manet y es parecido a “Le Moulin de la Galette” se decía para sus adentros.- Pero..., ¿a cuál se estaba refiriendo?- pensó, mientras hacía un esfuerzo por recordar cada detalle del cuadro que había visto a medio terminar.
En un instante se puso de pie, se acomodó en el rústico escritorio de madera y luego de prepararse un café negro, abrió el viejo libro de historia del arte que había llevado, un regalo de su abuelo, tratando de resolver esa suerte de acertijo. Buscaba una pintura que debía ser de Manet y a su vez, parecerse a aquellas imágenes de hombres y mujeres con sombreros, alegres y danzantes, en esa sala de fiestas al aire libre que mostraba la obra de la enigmática joven.
Pasaba una por una las pesadas páginas del vademecum de tapa dura, hasta que de repente en un diminuto recuadro de las últimas hojas, pudo dar con lo que estaba inquiriendo.

A la mañana siguiente despertó con cierto cansancio pero colmado de entusiasmo. Era el último día de su recorrido turístico en el Viejo Mundo y debía volver a casa. No le quedaba mucho tiempo para todos aquellos rincones mágicos de la Ciudad de la Luz, sobre los que había leído tanto y que aún no había podido escudriñar.
Quería comprobar personalmente esas sensaciones que generaba a los personajes hollywoodenses que tantas veces había visto perderse por su laberinto de calles, olvidándose de su mundo moderno e imaginando ser ciudadanos de otra época anterior.
Sin embargo, tocado en el orgullo, sintió que tenía una deuda pendiente que saldar con aquella joven.
Y ella estaba ahí, bajo el mismo árbol sentada sobre un banquito, pintando con la misma gracia del día anterior. Pero esta vez estaba sola, sin ningún curioso a su alrededor. Vestía una camisa floreada y su cabello ondulado de color trigueño le permitía esconder un poco, con su movimiento, cada vez que ella daba una pincelada, esos ojos mezcla de verdes y amarillos que lo habían deslumbrado la primera vez que la vio.

-La música en las Tullerías”, el cuadro que confundí con el que pintabas ayer se llama “La Música en las Tullerías”, ¿no?- le dijo.
La joven levantó su vista y luego de unos segundos, cuando su memoria fotográfica pudo hallar el registro de esa fisionomía, le respondió con una leve sonrisa: -Has acertado, te felicito. Te he visto pasar varias veces por aquí y todavía no te has presentado. Y me he dado cuenta que quizás no solo te interesan mis cuadros.-
-Soy Sebastián, y puede ser que me interesen tanto las obras, como la misma artista, que por cierto, tampoco se ha presentado.- le refirió quitándose el último resabio de timidez que le quedaba.
-Lucía, me llamo Lucía, un gusto Sebastián-. Ahora, la que se sonrojaba era ella, tan desenvuelta que parecía en un principio.
Envalentonado, creyó que era la oportunidad de ir por más, y aprovechó los últimos momentos que un turista ocasional con los ojos de deseo puestos en una de las acuarelas, le concedió implícitamente, al verse de alguna forma involucrado en esa escena.
-Lucía, que lindo nombre. Me encantaría que pudiéramos tomar un café y charlar un poco más de pintura, pero te veo tan ocupada…-
Ella, adoptando una postura un poco más formal y advertida de la presencia del potencial cliente, respondió: -A las 17, a esa hora termino de trabajar. Espérame a la salida de la boca de metro, en Pigalle-.
-Allí estaré Lucía-, le contestó.

A la hora indicada, Sebastián, cambiado para la ocasión con camisa celeste, suéter azul, el mejor pantalón que encontró en su valija y el único par de zapatos que lo acompañó durante su viaje, esperaba, un poco desconfiado, en el lugar convenido.
A los pocos minutos una joven con pollera larga lila, zapatillas blancas y remera del mismo color, apareció repentinamente subiendo las escaleras a la salida del metro, y tocó el hombro de Sebastián, sin que se diese cuenta. Era Lucía.
-Bueno, cuéntame, además de ser argentino, y de llamarte Sebastián, ¿qué te trae por aquí?-, inició la conversación con una actitud decidida, mientras comenzaron a caminar en dirección al Boulevard de Clichy.
Procurando seguirle los presurosos pasos, Sebastián respondió: -Estoy haciendo un poco de turismo, y como estudiante de historia del arte que soy, quería terminar mi viaje en el lugar que vio nacer al impresionismo, el estilo pictórico que más me gusta-.
-Ala, pero que bien, alguien que puede criticar mis pinturas con un criterio un poco más elevado que el que pueda dar el dinero- le contestó ella.
-No se si es para tanto, pero podría animarme. Y vos Lucía, ¿qué hacés por acá?-
-Terminé la UNI hace 2 años, y para celebrarlo me vine un fin de semana con amigas, el sitio me atrapó. Y bueno, un chico también. A las pocas semanas volví de Sevilla, y me instalé en el piso donde vivo.-
- Mirá vos. Es que Montmartre es único. Cualquiera querría quedarse acá para siempre- le dijo Sebastián. Y mirándola, agregó: -Y ese chico, tu novio, ¿a qué se dedica? ¿Es artista como vos?.-
Lucía movió la cabeza de un lado al otro y con un gesto adusto, sentenció: -Pfff, ¿mi novio?, por suerte ese tío no se ni donde está.-
En ese momento Sebastián recobró esa vergüenza de sus primeras incursiones a la plaza e incómodo, para cambiar el ángulo de la charla, se le ocurrió preguntar por el significado de la leyenda de la remera que tenía puesta Lucía, escrita en un francés indescifrable para él: “L'amour de l'art, parmi tous les mensonges c'est le moins trompeur”.
Al escuchar la pregunta, ella se sonrió y se la tradujo: -Mi camiseta pone: ”Amad el arte, entre todas las mentiras es la menos mentirosa”. Es una frase de un escritor de aquí, que me gusta mucho, Flaubert, ¿le conoces?-.
-La verdad que no- contestó Sebastián. -Pero es una frase fuerte, que parece que guarda mucho dolor, ¿me equivoco?-
-No te equivocas. Es así. Es fuerte. Pero más real todavía. No te asustes. Pero... para mi la vida guarda muchas mentiras disfrazadas de verdad y el arte es una forma de desnudar esas mentiras.-
Después de ese comentario, Sebastián prefirió otra vez cambiar de tema y evitar las inconvenientes preguntas que si la charla proseguía, resultarían inevitables.

Justo en ese momento, llegaron a la esquina del Moulin Rouge, y él encontró el motivo propicio para compartir algunas opiniones sobre las pinturas de Toulouse Lautrec y la nostalgia de la Belle Époque.
Continuaron caminando, por la orilla del cementerio. La conversación versaba ahora acerca de las razones de la locura de Van Gogh; si había sido su genio incomprendido; su dudosa adicción al absenta o el plomo de la pintura que lo intoxicaba al humedecer el pincel con su lengua.
Los dos comenzaron a reirse cuando concluyeron que a ninguna persona de su alrededor podía llegar a interesarles ese debate circular e infundado. Sebastián, trataba de suplir sus ignorancias en torno a algunos detalles de las obras cumbres de los impresionistas, compensando con algún que otro chiste acerca del acento del sur español de Lucía. Ella, a su vez, graciosamente lo minimizaba con la generalización de que todos los argentinos eran iguales, con esa herramienta de la facilidad de palabra que según ella, les permitía escapar de cualquier aprieto.
Tácitamente, habían roto un poco esa desconfianza de ser dos desconocidos y dieron por sobrentendido que no volverían a hablar de arte.

Sebastián ya no pensaba en aprovechar su último día de vacaciones cumpliendo con esos rigurosos planes de entrar a las iglesias más importantes o de tomar un café en algún bar bohemio afamado por haber sido sede de grandes artistas de otras épocas. Disfrutaba de su paseo de turista no convencional con la compañía de Lucía.
Ella, lejos de disgustarse, sintió que el interés respetuoso de Sebastián debía ser correspondido. Y disfrutaba también de sus ocurrencias.

En ese contexto más despreocupado, Sebastián retomó la iniciativa: -Te voy a hacer una pregunta, pero espero que no te la tomes a mal: ¿Te han mentido mucho en la vida?-
Luego de soltar una larga carcajada, Lucía respondió: -La verdad que un poquillo, digamos..., que el amor es una mentira.-
Sebastián creyó haber vuelto a caer en su propia trampa, pero esta vez ya no podía esquivarla.
-Una frase más fuerte que la de tu remera. Pero no se si estoy tan de acuerdo. Demasiado sufrida y bastante universal como para que sea una verdad absoluta- le dijo convencido, mientras comenzaban a ascender por las sinuosas calles que conducían a la cima de la colina.
-No hace falta que estés de acuerdo, comprendo que es una idea muy personal de entender el amor. Y si, es bastante sufrida, quizás basada en las experiencias.- contestó Lucía con un dejo de ironía, mientras se tomaba los hombros con ambas manos en un esfuerzo por protegerse del viento frío que soplaba en pleno atardecer.
Y agregó: -Creo que el amor existe en sus diferentes formas. Y en algunas de ellas puede ser incondicional, para toda la vida, como el que puede sentir una madre hacia su hijo, por ejemplo.-

Sebastián no dejaba de sorprenderse por la agudeza de las expresiones de Lucía, y aún más, por esa confianza con la que le hablaba a quien hasta hace no mucho era para ella, un completo desconocido.
Se sentía atraído por su sincera espontaneidad. Y también tenía tiempo en su imaginación para contemplar su belleza física, esa imagen que había entrado por sus ojos la primera vez que la observó pintando a la vera del árbol, y que no había podido borrarla de su cabeza.
-Creo que ahora te puedo entender mejor. Me parece que vos te referís más que al amor, al estado de enamoramiento- le respondió a Lucía.
-Claro. Ese enamoramiento idílico, que uno cree muchas veces eterno e inmutable.- dijo ella.
-Ese que puede ser mucho más pasional que racional- se permitió agregar Sebastián.
-Así es. Y por eso mismo me decidí a vivir de la pintura. Porque a través de ella uno puede desnudar a esas mentiras de la vida de las que te hablo. Uno pinta lo que verdaderamente piensa o siente desde su propia perspectiva, sin ninguna imposición y ningún mandato. Y ahí en el arte, entonces, está una de las formas más sinceras del amor.-
Por unos segundos, Sebastián movió su cabeza ligeramente con la mirada perdida, terminando de asimilar el sentido complejo de lo que acababa de escuchar.
-¿Has visto? Creo que has terminado de comprender la idea.- dijo Lucía.
-Supongo que si, que te entendí, pero sigo sin estar de acuerdo con vos- respondió el joven mientras divisaba a lo lejos la aguja más alta de aquella iglesia blanca.
-Bueno, y ya que insistes tanto en los desacuerdos, dime; ¿qué piensas tú acerca de esto?- expresó Lucía.
-Pienso que idealizar a las personas en cualquier ámbito de su vida en el fondo, es un error. Pero a veces es inevitable. Es un camino que uno sabe que no hay que seguir, pero que termina optando sin quererlo cuando se encuentra en ese estado de enamoramiento.-
Sebastián detuvo su monólogo y de reojo pudo comprobar que Lucía escuchaba atenta su tesis y lo acompañaba con una mirada especial, mucho más relajada.
-¡Sigue, sigue hombre!- le dijo ella, entusiasmada.
-Bueno, y pienso también que a veces no está tan mal creer un poco en ese enamoramiento utópico y en esas personas que uno puede encontrar en la vida, un tanto idealizadas. De eso se trata. Aunque sepas que no sea puramente real, sirve para alimentar la ilusión.-

De repente, cuando la pendiente de la cuesta por la que caminaban se hacía cada vez más empinada, apareció majestuosa la cúpula blanquecina de la basílica de Sacré Coeur, iluminada por el reflejo del sol que se escondía en el horizonte.
Lucía le pidió que se sentaran en sus escalinatas y Sebastián, sin rodeos, accedió.
-Es que tú eres de esos que creen en esas mentiras de las que yo te he hablado.- exclamó ella mirándolo fijamente a los ojos.
-Es tu manera de verlo. Quizás para vos la respuesta a tu pregunta debería ser un rotundo si. Pero yo prefiero verlo de otro modo. Para que me entiendas, si yo pintara, como vos lo hacés, pintaría para ponerle un poco de color a esas mentiras de la vida, como por ejemplo a ese “amor” del que hablás, y no para desnudarlo y dejar de creer en él.-
Lucía, incandilada por esa declaración que parecía aleccionadora, decidió olvidarse de sus fríos postulados y creer por unos instantes en esa “mentira”, una de las tantas que pueden existir, como la historia de amor que aquí se cuenta. 
Al mismo tiempo, Sebastián, resolvió que a su regreso, el día siguiente, se dedicaría toda la vida a pintar.

Y un beso largo y sincero les prometió silenciosamente que la vida los volvería a encontrar.

EL ABRAZO ESPERADO

            La ansiedad lo invade y le empieza a ganar el pulso.
            Inclina la cabeza, se arremanga la arrugada camisa blanca y se afloja la corbata roja que lo sofoca. 
            Con la palma de su mano se acomoda un poco el flequillo, humedecido por el sol de diciembre que se filtra por la ventana. 
            Recostado con evidente hastío sobre su silla de oficina, mira el reloj analógico que tiene justo enfrente de sus ojos, por encima de la computadora de su compañero, con un movimiento rápido que le permite asimilar que todavía restan un par de horas para la vuelta a casa, pero con la sutileza necesaria como para que su jefe no lo detecte. 
           De a poco el joven minimiza los avatares del día y todo lo que sucede en la oficina tiene cada vez menos importancia. 
           Intenta cumplir con sus menesteres y responsabilidades. 
           Su mente, ya despreocupada, navega en sus recuerdos de días de cancha, los más próximos en el tiempo, también en algunos otros más lejanos, y todos ellos confluyen en una expresión de alegría que le dura tan solo unos segundos. 

          Unos cuantos cafés después, y con algunas carpetas todavía a medio leer, la queja de las aspas de los ventiladores silenciándose y el ruidoso movimiento de algunas sillas generan una repentina acústica que rompe con el estadío onírico de Ricardo y le dan la señal de que la jornada ha llegado a su fin. 
           Presuroso, esquiva uno a uno a los transeúntes citadinos que salen a su paso como en aquella casi ochentosa final. En el barrio de Palermo no hay camisetas mediterráneas a rayas blancas y azules que se interpongan en su camino, sino oficinistas encapotados con paraguas desplegados, que van quedando detrás de su paso, uno a uno. 
          Tampoco son las injusticias arbitrales o las especulaciones políticas las que lo hacen trastabillar como en aquella memorable noche cordobesa del 78’; ahora son las baldosas, grises y agrietadas, las que pretenden ahogar sus zapatos y demorar su derrotero hacia el subterráneo. 

         El lugar en el que vive, sombrío y bastante pequeño, lo recibe amablemente y le deja ver los últimos rayos de luz de un arcoiris que se esfuerza en una vana pelea con el ocaso inevitable, en una derrota que se sabe segura. 
         Prepara un sandwich, abre una lata de cerveza y se desploma en el sexagenario sillón del living. 
         Enciende el televisor al mismo tiempo que acomoda una de sus piernas en el brazo del sofá.
         Busca cierta comodidad. 
         Su dedo pulgar solo deja de tocar los botones del control remoto cuando escucha el sonido de un mensaje de texto. Extraño, porque Ricardo, poco afecto a la comunicación virtual, silenciaba su teléfono. Es de esos que gustan más de la charla de café y el encuentro personal. 
         Pero el que escribe del otro lado es su padre.
         José era un taxista viudo que rondaba los 60 años. Un porteño sufrido, maltratado por el agotamiento de la rutina. Su vida pasada había transcurrido entre muchas situaciones dramáticas, de pérdidas familiares y angustias existenciales que solo eran sosegadas por la presencia de su hijo, y por el equipo de sus amores. Si no fuera por ellos, a los que amalgamaba en un todo, y anteponía a cualquier motivo de su vida, quizás hubiera fantaseado con un trágico desenlace para sus días. 
         Ricardo, había heredado de él su pelo lacio, su porte delgado, erguida postura y esos hoyuelos en la sonrisa que su padre pocas veces revelaba. No mucho más. 
         Era diferente, sensible a las circunstancias. Conversador. Atento a los problemas de los otros. 
         Amigo de la vida. 

        En casi todo momento estuvieron físicamente cerca, quizás por tenerse solos el uno para el otro. Pero había algo que al mismo tiempo los había distanciado en lo afectivo. 
        No sabían bien qué era. No podían traducirlo en un motivo concreto, pero cada uno desde sus adentros, sin que el otro lo supiera, se reclamaba esa separación, llena de culpa. 
       En esos meses, la lejanía se había acentuado, unas viejas discusiones familiares habían vuelto a confrontarlos.

       Luego de refregarse el rostro con sus propias manos, se incorpora levemente, y lee el mensaje: “Hijo, mañana te paso a buscar a las 4, no te olvides de llevar el carnet”. 
       Una sorpresa que lo colmó de felicidad porque su padre era para él, motivo de devoción, algo que nunca había puesto en palabras, y que jamás dejó que José lo supiese de su propia boca. 
       Inmediatamente, abandona el lúgubre living de su departamento, corre a su habitación y busca en el reservado cajón de sus bienes más preciados, la camiseta roja que José le había regalado para uno de sus cumpleaños. 
       Esa misma que lució su equipo en aquella final épica en tierras extranjeras, el más cariñoso recuerdo que guardaba con él y que a veces, cuando volvía a aparecer repentinamente en su mente, ni siquiera quería evocar, en un esfuerzo por perpetuarlo impoluto, bien lejos de cualquier cosa que pudiera estropearlo.

       Muy lejos, aquel día, el de la final, Ricardo y José estaban parados uno al lado del otro en esa tribuna inhóspita y medio escondida en un rincón del inmenso estadio. 
       El equipo rival, al que las voces detractoras y el periodismo local habían enaltecido como un escollo imposible de superar, había empatado a quince minutos del cierre del partido, y la tragedia parecía sobrevenir. 
       El empuje de su gente, y el repliegue inevitable de las líneas defensivas parecían anunciar el presagio de la derrota y de un regreso a casa inimaginable. 
       El equipo de camiseta roja, sucumbía a su estado de ánimo, herido por el golpe. 
       Sin embargo, ya en tiempo adicionado, en un intento heroico de mantenerse fiel a su historia repleta de gestas internacionales, con un rápido contragolpe de pases con pelota al ras del piso, como dicta el paladar futbolero de los que creen en la dinámica de lo impensado, convierte el agónico segundo gol. 
      La caprichosa acaricia la red, y José y Ricardo, padre e hijo, se encontraron en un abrazo que nunca pudieron olvidar. 
      Su equipo era campeón y otra vez, como tantas otras, era motivo de orgullo nacional. 

       A media mañana, Ricardo amanece después de un sueño un tanto sonámbulo, ceba unos mates, y con el calor de esa mañana veraniega, acompaña con algún bostezo los conocidos cantos de la hinchada que escucha en su teléfono. Se viste con su camiseta de aquella final, que guarda como una reliquia, como si se tratara de la más valiosa joya de su museo personal y afectivo, aunque las tiras blancas de sus mangas revelen algunas cicatrices del paso del tiempo, y su escudo a la altura del corazón, comience a perder algunos hilos bordados que todavía lo sostenían. 
      Cerca del horario que José le había anticipado, Ricardo recibe un nuevo mensaje que indica que su padre lo espera, uniformado tan solo con su gorro piluso, y que más allá de sus años, todavía luce estampadas las copas obtenidas en aquellas gestas memorables de las que tanto había escuchado hablar. 
      Las que le había contado José. 
      Esas historias que había oído tantas veces, descritas en esas interminables crónicas paternales, que siempre le relataba con una pasión inusitada, impropia de cualquier otra circunstancia de su vida, y que su hijo admiraba bastante y envidiaba no menos. 

      El saludo frío, pero genuino, una simultánea palmada en la espalda, se interrumpe por el arribo a la parada del colectivo amarillo y marrón, aquel que tenía como destino final la ciudad del equipo del que eran hinchas. 
       En esa larga travesía, que se pasea en el laberinto de calles y barrios que parecían ser conocidos solo por las guías de turismo, Ricardo y José, no cruzan palabras. Recién inicia su recorrido, y ya está repleto de hombres como ellos, todos con camisetas rojas. La fuerza del canto de algunos, y los aplausos de otros, parecen mover la cada vez más inestable marcha del viejo transporte. Ricardo, se acomoda en el fondo, y aprovechando su altura, se sostiene sólo con la presión de sus cinco dedos sobre el techo. José, al lado del conductor, se aferra al borde metálico de uno de los asientos. 
       El gentío los confunde, no les permite divisarse, pero una vez que pueden hacer contacto visual, José le hace un gesto inequívoco enseñándole su carnet, al que Ricardo responde con un movimiento de cabeza asentido.
       En un claro ademán, ya hacia el final del viaje, José le señala a Ricardo donde deben bajarse, justo antes del hospital. Algo que ya sabía, debido a que ese mismo periplo lo había hecho innumerables veces, y podía memorizar cada esquina, cada bar y hasta cada graffiti que iba a apareciendo en el camino. Era quizás la primera escena de ese ritual de miércoles, de sábado o de domingo que ambos habían repetido juntos, en incontables oportunidades.
       Una vez que el tropel desciende en la calle del prócer, más parecido a un apurado desembarco de soldados dispuestos al combate, Ricardo y José empiezan la pagana peregrinación. La única parada está tácitamente prevista en aquel puesto de comida ambulante, en el de siempre. El humo que despide la parrilla, el aroma a carne asada, el bullicio y los empujones para conseguir el que puede ser el último choripán, recrean otra pintura inconfundible, rematada por un sol abrasador que hace más vivos los colores rojos que destellan en la multitud. 
       Las diez cuadras que recorren juntos entre gorros, banderas y vinchas que se exhiben a sus costados, y que Ricardo nunca deja de mirar, los obligan, cuando el apremiante paso de los hinchas les permite caminar uno al lado del otro, a cruzar unas cuantas preguntas que no consiguen romper con esa incomodidad que les habían generado esas últimas discusiones, y que ninguno de los dos, aún ese contexto, pretendía superar. 
     
       Finalmente y luego de atravesar algunos vejatorios controles policiales, Ricardo y José doblan en la esquina donde se asoma la vieja tribuna techada que los espera. 
      Otro instante irrepetible en el que ambos automáticamente se detienen, y luego de contemplar, intercambian la primera mirada de complicidad, acompañada de una sonrisa amplia de satisfacción.
      El ascenso por las escaleras, el impacto de la visual del césped y el reencuentro anónimo con los hinchas de siempre inmortalizan otra icónica fotografía tantas veces retratada en el corazón de padre e hijo. 
       Allí otra mirada cómplice, más suelta y hasta quizás afectuosa, que Ricardo y José se devuelven mutuamente con otra sonrisa. 
       Se ubican en la popular, a media altura, cerca del córner, en el hito referenciado por la marca desgastada del color pálido del cemento.
       Su lugar en el mundo. 
       No logran sentarse, faltan veinticinco minutos para el inicio del partido y todos están de pie, hombro con hombro. Ricardo se ubica un escalón por encima de su padre y de esa manera, los dos pueden otear ese vasto horizonte verde que recrea plácidamente su panorama. 
       El colorido escenario está prácticamente dispuesto: el equipo de sus amores, se enfrenta a su clásico rival, el del celeste y blanco antagónicos, el de una historia gloriosa jamás vivida, el del barrio, el de toda la vida. 

       Y de repente, sin previo anuncio, las masas compactas de las tribunas de los cuatro costados comienzan a moverse de abajo hacia arriba como si fueran una sola cosa, al compás de la melodía de trompetas y bombos que aparecen en la parte baja de la grada, entronizadas con esa canción del buen amigo, ese manifiesto universal de amor a los colores. 
       El saludo del equipo con los brazos en alto, como arañando la eternidad, recuerda al mundo los valores de su cuadro, y en un trance místico solo apto para entendidos, esos jugadores se impregnan de la gloria de otras épocas y sellan a fuego, en cada alma de ese centenario estadio, el sentido de pertenencia al amor de su vida. 
       Y es en el cántico posterior, en ese grito de guerra que ruge al unísono cada vez que nombra el color de su camiseta, en donde Ricardo y José se vuelven a mirar y se sonríen, como queriendo decirse el uno al otro lo que hace mucho tiempo no se confiesan. 

       El partido comienza, y los nervios se hacen cada vez más notorios en los movimientos de los jugadores de ambos lados. Ni siquiera ese ignoto número 10 del equipo rojo, del que se espera que pueda marcar la diferencia entre tanta mezquindad, consigue romper con el abúlico juego de las defensas mecánicamente trabajadas.
      Aquel 10 que recibe sobre su espalda la pesada herencia de rendirle honores al gusto futbolístico de todo ese público, y que carga con la obligación de tener que emular, aunque sea por un ratito, al ídolo del Ídolo nacional. Aquel Mago zarateño, cuyo apellido resuena siempre perenne en las páginas más épicas del libro del deporte criollo, sinónimo de pierna templada como recita aquel himno, y de elegantes pasos de baile, de inteligencia intuitiva, cubierto siempre de gloria y de fidelidad a los colores. El que representa en un solo jugador a toda la simbología de ese saludo inicial. 
       Ese del que José tanto le había hablado a Ricardo en su infancia, llenándolo de anécdotas, y al que sin haberlo visto personalmente, se refería como si se tratara de su mejor amigo. 

        El match discurre entre posesiones inofensivas, arteras patadas y algún remate de larga distancia que se pierde muy por encima del palo mayor. 
        Se nota a las claras que los protagonistas no quieren serlo, y se prestan la pelota, como deslindándose de compromiso alguno por el juego. 
        Ese estilo vistoso y definido de otros tiempos mejores, eternamente reclamado por el paladar tan característico del hincha del equipo rojo, es ahora, una vieja película que parecía haber pasado de época.

        Sucede lo inesperado.
        Restan cinco minutos para el epílogo cuando en campo propio el marcador de punta derecho recibe con el pecho un bárbaro rechazo del arquero rival que deja caer el balón muerto en su botín. Se desmarca, luego de forcejear con el número 11 contrario que intenta perseguirlo, empuja el balón con tres toques cortos, y con el revés del mismo pie se lo cede al mediocampista que ocupa el centro del terreno de juego. Con cabeza levantada, el 5, después de un giro sobre sí mismo, deja un rival en el camino, y suelta la pelota al 10, a ese 10 que en un rapto fugaz de inspiración, alentado por la gente, en una sola jugada se convierte en aquel ídolo y después de dos o tres paredes ensayadas con el centro delantero, toca suave, con la punta del zapato, al palo más lejano del arquero, que queda despatarrado a la altura del punto del penal, inmortalizado para la posteridad, y que en definitiva no puede evitar que la pelota se acomode al fondo de la red, contra un rincón. 

      El éxtasis. 
      El instante sublimado. 
      Las gradas parecen derrumbarse y las gargantas de todos los hinchas se llenan del mismo grito.
      José, que por el reflejo del sol del atardecer no puede distinguir a los autores de la obra, se da vuelta buscando a Ricardo en medio del temblor.
      Sus ojos desorbitados y su boca abierta llena de gol sólo recobran su compostura cuando en medio de la eufórica turba puede reconocer a su hijo, y ahí, aflora una sonrisa distinta a las anteriores. Una expresión serena y placentera que definitivamente desnuda esos hoyuelos que tantas veces le había escondido al mundo. 
      Ricardo replica con exactitud ese gesto. 
      Y los dos se funden en ese resucitado abrazo. El que se debían hace tanto tiempo. 
       Tan liberador, que no demanda explicaciones o disculpas por cualquier circunstancia que la vida haya elegido para distanciarlos. 
      Ese reencuentro compartido. 
      Ese abrazo que no es el único del estadio, pero que Ricardo y José creen exclusivo, como si hubiese estado reservado para ellos. 
      Un momento tan breve y eterno a la vez, indescriptible e incomprendido por aquellos que no gustan de la cosa más importante de las cosas menos importantes de la vida. 
      Ese abrazo sincero. 
      Apretado.
      Hasta casi doloroso.
      Que se afirma en la piel y se graba en el alma con cada grito de gol que se repite una y otra vez.
      Ese abrazo especial, que espera su momento y que lo hace distinto a cualquier otra manifestación de amor.
      
      El abrazo esperado que un padre y un hijo nunca dejarán de regalarse. 

LA CARRERA DEL CITADINO


Martes. Junio quizás. Gélido invierno. Amanece en la urbe.

Otra vez.

La oscuridad, hace minutos eterna y silenciosa, pareciera resistirse y no querer abdicar ante lo que sabe como una derrota segura. El canto de algunos pájaros y los primeros rayos de luz se ocupan de que así sea. Mientras tanto, el citadino navega en las tumultuosas aguas de su divagancia onírica, un tanto confusa, tantas veces irrecordable.

Suena la alarma, una, dos, hasta tres veces.

Recién allí, el hombre urbano acusa recibo de su existencia terrena, casi desde el inconsciente, y desactiva ese agónico llamado con cierta desesperación cronofóbica, como si se supiese perdedor del último asiento al viaje de lo imprevisto.

Pero no. Tan solo es un día más.

Su primera pelea la da con su cansancio, que arrastra como la propia sombra. Compañero del día y la noche, amigo fiel del que reniega con frecuencia, aunque agradezca de tenerlo cerca para sentir una suerte de alivio en la satisfacción de la tarea bien cumplida. Las lagañas petrificadas en los ojos, y la espalda quejosa contribuyen al abúlico despertar. Sus ojos inyectados se abren y se cierran varias veces, hasta que sin pensarlo, como tantas otras veces, se pone de pie para disponerse a la largada de la carrera de la rutina, cuyo podio lo espera indefectiblemente para coronarlo con los resecos laureles del día venidero.

Y eso es premio suficiente para aquel que solo piensa en seguir en competencia, como el citadino.

Cumplidas sus costumbres ritualísticas de aseo y demás yerbas, emprende una nueva jornada. Se rescata por minutos de su tibieza introspectiva y balbucea mentalmente dos o tres oraciones, ensayadas más como una egoísta garantía de protección por haber recordado a Quien dispone las cosas, que por gratitud a su tácito permiso de permitirle competir.

De repente, su tenue y lánguido monólogo que intenta sostener con Aquel se ve interrumpido por la aparición intempestiva del transporte que lo lleva a su oficina.

El hombre, aún convencido de que podrá llegar a montar este caballo de hierro, dobla la esquina y alarga el paso, y luego trota. Corre.

Quizás creyendo dar inicio a esta carrera de la que se sabe ganador desde siempre, se sube velozmente, e inmediatamente se confunde ajetreado con otros tantos de su raza ciudadana, que parecieran tener prohibida la demostración de los modales políticamente correctos, propios de los contendientes modernos.

El citadino se apacigua, y luego de silenciar algunos aislados y moribundos pensamientos altruístas que vagaban en su cabeza, se conecta con el mundo para llenarse de titulares informativos que solo le servirán como energizante para la carrera que toca ese día.

Está seguro que al alba siguiente, idéntica a la anterior, no le servirán, aunque precise inequívocamente de lo mismo.

Pero debe correr.

Se tranquiliza al verse entre los de su tribu, como uno más. Como aquel errante que consigue de a ratos, olvidarse de sus obsesiones y mimetizarse con la normalidad de los rostros de los otros. Esos otros, escondedores quizás de sueños trascendentes y de castillos construídos en el aire, derrumbados por las perversas reglas del anestésico conformismo y de mortífera mediocridad.

Son las reglas de la carrera.

Su trabajo lo espera, entre amarillentos papeles y conflictos afanosos, para que se repita, casi mecánicamente, lo que sabe que va a suceder. Casi nada lo sorprende. Todo es previsible. Como la puesta del sol y del ocaso. Como el ciclo de la vida.

Intuye los acontecimientos, las ocurrencias de los otros, y el agónico transcurso del tiempo, como si conociese el guión de toda su existencia.

Por más menesteres y buenas intenciones que comente con ellos tratando de colorear el día gris, el burocrático mundo de las oficinas levanta una muralla infranqueable entre el deseo de abandonar la competencia, o continuar hasta el final.

Hastiado de tantas luchas con molinos de viento, por momentos, este hombre busca convertirse en un quijote moderno.

Continúa corriendo.

Casi sin descanso. No hay páramo para aquel que quiera ganar. Cumple, cumple y cumple con más responsabilidades. Agradece, sonríe, tolera, y repite lo mismo una y otra vez.

Procura disfrutar de este tramo del camino, aunque le pese sobre sus hombros.

Sabe que falta poco para la llegada, por eso se empeña con esa flácida heroicidad de los hombres que viven en épocas actuales, y se ocupa aún más de no salirse de aquello que resulta aprobado para los otros. Como si de esa forma sacara una luz de ventaja. Llega el final del día, y con él, el premio del merecido triunfo: mañana podrá correr otra vez.

Inspira una y otra vez.

Su corazón palpita intensamente, casi que puede oírselo. Evidencia del rutinario agotamiento y de la contenida emoción de haber completado el perfecto y rectilíneo recorrido egotista. La alegría de haber llegado comienza a invadirlo lentamente. Detrás ha quedado una estela de obstáculos con idílicos anhelos, y de amorfas ilusiones de sustraerse a lo establecido, de romper con las reglas dictatoriales de la carrera.

Un tanto vanidoso ansía el reconocimiento de aquellos competidores a los que ha vencido, que cree perdidos entre la multitud de la soledad del lugar donde vive.

Espera, mientras imagina como será el encuentro y la felicitación por el esfuerzo.

Al mismo tiempo proyecta las adulaciones empalagosas que los otros dirán sobre su persona y sus virtudes de corredor. Pasan los minutos, las horas, y de ellos ni el más mínimo rastro.

Frustrado y preso de un asfixiante vacío existencial, da cuenta en un instante purificador que ellos no están, y que nunca estarán.

Evade la reflexión.

Quiere rápidamente transformarse, volverse como cualquiera de sus contendientes y sentir la comodidad en el descanso superficial del que no encuentra su reflejo introspectivo.

Empieza a preparar la carrera para el otro día. Siente el cansancio, pero se concentra en poder ganar el día siguiente. Programa su alarma, una, dos, hasta tres veces. Cierra los ojos pensando en que el mañana será un nuevo día, con la única seguridad de que será irrevocablemente idéntico al anterior.


No hay escape para el citadino, no hay otro camino. Tiene que seguir corriendo. Debe seguir corriendo.

Ese citadino que sueña con algún día abandonar la carrera.