LA CARRERA DEL CITADINO


Martes. Junio quizás. Gélido invierno. Amanece en la urbe.

Otra vez.

La oscuridad, hace minutos eterna y silenciosa, pareciera resistirse y no querer abdicar ante lo que sabe como una derrota segura. El canto de algunos pájaros y los primeros rayos de luz se ocupan de que así sea. Mientras tanto, el citadino navega en las tumultuosas aguas de su divagancia onírica, un tanto confusa, tantas veces irrecordable.

Suena la alarma, una, dos, hasta tres veces.

Recién allí, el hombre urbano acusa recibo de su existencia terrena, casi desde el inconsciente, y desactiva ese agónico llamado con cierta desesperación cronofóbica, como si se supiese perdedor del último asiento al viaje de lo imprevisto.

Pero no. Tan solo es un día más.

Su primera pelea la da con su cansancio, que arrastra como la propia sombra. Compañero del día y la noche, amigo fiel del que reniega con frecuencia, aunque agradezca de tenerlo cerca para sentir una suerte de alivio en la satisfacción de la tarea bien cumplida. Las lagañas petrificadas en los ojos, y la espalda quejosa contribuyen al abúlico despertar. Sus ojos inyectados se abren y se cierran varias veces, hasta que sin pensarlo, como tantas otras veces, se pone de pie para disponerse a la largada de la carrera de la rutina, cuyo podio lo espera indefectiblemente para coronarlo con los resecos laureles del día venidero.

Y eso es premio suficiente para aquel que solo piensa en seguir en competencia, como el citadino.

Cumplidas sus costumbres ritualísticas de aseo y demás yerbas, emprende una nueva jornada. Se rescata por minutos de su tibieza introspectiva y balbucea mentalmente dos o tres oraciones, ensayadas más como una egoísta garantía de protección por haber recordado a Quien dispone las cosas, que por gratitud a su tácito permiso de permitirle competir.

De repente, su tenue y lánguido monólogo que intenta sostener con Aquel se ve interrumpido por la aparición intempestiva del transporte que lo lleva a su oficina.

El hombre, aún convencido de que podrá llegar a montar este caballo de hierro, dobla la esquina y alarga el paso, y luego trota. Corre.

Quizás creyendo dar inicio a esta carrera de la que se sabe ganador desde siempre, se sube velozmente, e inmediatamente se confunde ajetreado con otros tantos de su raza ciudadana, que parecieran tener prohibida la demostración de los modales políticamente correctos, propios de los contendientes modernos.

El citadino se apacigua, y luego de silenciar algunos aislados y moribundos pensamientos altruístas que vagaban en su cabeza, se conecta con el mundo para llenarse de titulares informativos que solo le servirán como energizante para la carrera que toca ese día.

Está seguro que al alba siguiente, idéntica a la anterior, no le servirán, aunque precise inequívocamente de lo mismo.

Pero debe correr.

Se tranquiliza al verse entre los de su tribu, como uno más. Como aquel errante que consigue de a ratos, olvidarse de sus obsesiones y mimetizarse con la normalidad de los rostros de los otros. Esos otros, escondedores quizás de sueños trascendentes y de castillos construídos en el aire, derrumbados por las perversas reglas del anestésico conformismo y de mortífera mediocridad.

Son las reglas de la carrera.

Su trabajo lo espera, entre amarillentos papeles y conflictos afanosos, para que se repita, casi mecánicamente, lo que sabe que va a suceder. Casi nada lo sorprende. Todo es previsible. Como la puesta del sol y del ocaso. Como el ciclo de la vida.

Intuye los acontecimientos, las ocurrencias de los otros, y el agónico transcurso del tiempo, como si conociese el guión de toda su existencia.

Por más menesteres y buenas intenciones que comente con ellos tratando de colorear el día gris, el burocrático mundo de las oficinas levanta una muralla infranqueable entre el deseo de abandonar la competencia, o continuar hasta el final.

Hastiado de tantas luchas con molinos de viento, por momentos, este hombre busca convertirse en un quijote moderno.

Continúa corriendo.

Casi sin descanso. No hay páramo para aquel que quiera ganar. Cumple, cumple y cumple con más responsabilidades. Agradece, sonríe, tolera, y repite lo mismo una y otra vez.

Procura disfrutar de este tramo del camino, aunque le pese sobre sus hombros.

Sabe que falta poco para la llegada, por eso se empeña con esa flácida heroicidad de los hombres que viven en épocas actuales, y se ocupa aún más de no salirse de aquello que resulta aprobado para los otros. Como si de esa forma sacara una luz de ventaja. Llega el final del día, y con él, el premio del merecido triunfo: mañana podrá correr otra vez.

Inspira una y otra vez.

Su corazón palpita intensamente, casi que puede oírselo. Evidencia del rutinario agotamiento y de la contenida emoción de haber completado el perfecto y rectilíneo recorrido egotista. La alegría de haber llegado comienza a invadirlo lentamente. Detrás ha quedado una estela de obstáculos con idílicos anhelos, y de amorfas ilusiones de sustraerse a lo establecido, de romper con las reglas dictatoriales de la carrera.

Un tanto vanidoso ansía el reconocimiento de aquellos competidores a los que ha vencido, que cree perdidos entre la multitud de la soledad del lugar donde vive.

Espera, mientras imagina como será el encuentro y la felicitación por el esfuerzo.

Al mismo tiempo proyecta las adulaciones empalagosas que los otros dirán sobre su persona y sus virtudes de corredor. Pasan los minutos, las horas, y de ellos ni el más mínimo rastro.

Frustrado y preso de un asfixiante vacío existencial, da cuenta en un instante purificador que ellos no están, y que nunca estarán.

Evade la reflexión.

Quiere rápidamente transformarse, volverse como cualquiera de sus contendientes y sentir la comodidad en el descanso superficial del que no encuentra su reflejo introspectivo.

Empieza a preparar la carrera para el otro día. Siente el cansancio, pero se concentra en poder ganar el día siguiente. Programa su alarma, una, dos, hasta tres veces. Cierra los ojos pensando en que el mañana será un nuevo día, con la única seguridad de que será irrevocablemente idéntico al anterior.


No hay escape para el citadino, no hay otro camino. Tiene que seguir corriendo. Debe seguir corriendo.

Ese citadino que sueña con algún día abandonar la carrera.

8 comentarios:

  1. Tinchito me hiciste apesadumbrame, y para bien! Porque sin duda soy y sere ese citadino con todas sus aflicciones jjeje salut!!!

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  2. Un verdadero honor que un artista con todas las letras se sublime con este humilde hampartista! Salud citadino!

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  3. Jorge Rodriguez Ponte19 de abril de 2020 a las 22:40

    Increíble y muy cierta reflexión. Me sentí identificadisimo. Mis felicitaciones citadino!

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  4. El hombre libre es aquel que no teme ir hasta el final de su pensamiento.

    No sueñes tanto citadino, que el tiempo pasa.

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  5. El citadino transcurre sus días creyendo que la vida es sueño. Pero en el fondo ansía que sus sueños sean vida. He ahí también, me permito agregar a su comentario, su verdadera libertad. Muchas gracias!!!

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  6. Me sentí muy identificado.
    Muy bueno!
    Que sea el primero de muchos.

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  7. Todos somos un poco citadinos!
    Gracias por el aporte EJA!

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