AMORES NÁUFRAGOS

Los vientos huracanados de aquella noche de tormenta hacían que la añeja embarcación se tambaleara de lado a lado en una danza peligrosa, insinuándosele a la parca. Las aguas tumultuosas esperaban que la fuerza de la naturaleza hiciera su trabajo y le entregara otro esqueleto de madera, uno más. Solo Njord y los habitantes de su Reino sabrían del trágico final y se encargarían de labrar su lápida ignorada que debía yacer en el camposanto marino.

El crujido del palo mayor detuvo los esfuerzos vanos de toda la tripulación que agonizaba desesperada por enderezar al navío de bandera noruega. Sus esfuerzos inútiles se vieron vencidos por aquel estruendo que los obligó a saltar a todos por la borda, en una apuesta al destino en la que el Ángel Negro no tardó demasiado en acompañarlos, helados, a aquel cementerio de las profundidades.

Todos se arrojaron en medio de la oscuridad infinita. Todos menos aquel hombre alto que entremezclaba barbas blancas y rojizas, que luchaba con un timón rebelde y se agotaba en un intento de torcerle el rumbo a quien lo había obedecido en todas sus travesías, excepto esa noche. Como dictaminaban las invisibles leyes de los mares, el capitán había decidido irse a pique con su navío para salvaguardar el honor de un nombre que la historia no recordaría.

En esos últimos instantes, sabiéndose preso del azar inevitable, decidió dejar un último mensaje escrito de puño y letra en el reverso de un mapa que había alcanzado a salvarse de las aguas que habían inundado gran parte del bergantín. Quería saldar de alguna forma esa deuda pendiente que tenía con la vida y como una suerte de cariñosa despedida al amor verdadero que nunca había sentido, quiso decirle adiós a aquella mujer anónima que jamás había conocido:

“El irrebatible designio de los mares quiso que hoy descanse para siempre, aunque hubiera deseado buscarte a ti por el resto de mis días hasta poder hallarte. Te elegí porque cuando mi luz se apagó, te sentaste a mi lado en las sombras. Donde quiera que estés, tú, eres la depositaria del amor que nunca pude dar”.

Antes de que la marea lo cubriese por completo, introdujo la carta en una botella de ron que se había vaciado en la cena de la noche anterior y la arrojó a las aguas escandalosas, que la tragaron con un rugido de olas y viento, súbitamente. La última imagen que el marinero se llevó a su tumba, que lo esperaba, serena, para reposar eternamente en el fondo del Mar de Barents.

Ningún habitante de las tierras nórdicas cercanas al lugar del naufragio, un racimo de poblados costeros, conoció su final desdichado. Tampoco hubieron rescates que pretendieran dar con el barco. En aquellas épocas, las sentencias de los piélagos eran inapelables. Pasaron los años. Muchos. Y nunca se supo nada del funesto desenlace del capitán y de su nave.

Una tarde soleada de mediados del siglo pasado, una joven de aspecto adolescente, leía su novela de Jane Austen bajo la umbría de su sombrilla multicolor, cómoda, en una playa solitaria. Con una mano sostenía el libro y con la otra rizaba sus cabellos dorados como el sol, que intentaba abrazarla.

De repente, sus ojos cristalinos que plagiaban al océano que se espejaba en sus anteojos, divisaron un destello de color verde que parecía encenderse y apagarse cada vez que la marea subía y bajaba. Se puso de pie, caminó hasta el canto de las aguas y descubrió que aquella luz era la del reflejo de una botella, que se esmeraba por afirmarse en esa orilla de arenas blandas. La levantó, la enjuagó y pudo notar que en su interior había algo que guardaba.

Con todas sus fuerzas, le quitó el corcho que apretaba el cuello, amarrado con unos alambres que hacían aún más dificultosa la tarea. Y allí dentro estaba el mapa, intacto, sin siquiera una mella del paso del tiempo. La joven estupefacta, volvió a sentarse bajo la sombra de su pequeño campamento buscando con ansiedad, alguna marca que señalara una isla perdida donde quizás podría hallarse un tesoro, como en aquellas historias que le había contado Stevenson cuando era pequeña.

Sin embargo, el mensaje que no reconocía a su autor y que leyó cuando se disponía a doblarlo para guardarlo en su bolso, la conmovió. Su corta edad y sus ganas de enamorarse, idílicas, le habían hecho creer que la misiva era exclusiva y que el desconocido hombre de su vida podría seguir vivo y de esa forma, podría haberla encontrado. Se convenció que debía descubrir dónde se hallaba y quién se escondía detrás de esa declaración misteriosa.

Día tras día, se cautivaba más con la idea de poder encontrarlo. Acumulaba recortes de periódicos antiguos que relataban los hundimientos de los barcos de la zona. Hablaba con los pescadores que amarraban cansados sus balsas después de las largas jornadas de trabajo. Durante meses no quedó biblioteca, puerto u oficina de gobierno del pueblo en donde no se inmiscuyera para investigar qué pudo haber sucedido con el pretendiente de sus sueños. Antes de dormirse releía una y otra vez cada palabra, procurando descubrir alguna señal silenciosa que le permitiera localizarlo. Lo imaginaba de mil formas, en el amanecer y en el ocaso, pero toda su búsqueda afanosa resultaba estéril.

Una noche lluviosa de domingo tomó su bicicleta y pedaleó hasta el viejo faro, que parecía descolgarse de los acantilados. El viento gélido que soplaba petrificaba sus mejillas y las gotas heladas entumecían sus manos. Subió el espiral de las escaleras de piedra y con la luz tenue que le ofrecía el reflejo de los mares iluminados por la lámpara de la torre, sacó de su bolso el cuaderno en el que solía expresar esos pensamientos que no se atrevía a confesarle a nadie y oteando el horizonte sombrío, escribió en una hoja. La introdujo en la botella, que selló con el mismo corcho que encerraba el mapa que había encontrado aquella tarde. La soltó con suavidad al mar y esperó que las tinieblas de aquella noche de tormenta la hicieran desaparecer.

Hace no mucho, en estos tiempos, se dice que un joven que trataba de hacer foco con su teléfono celular, procurando retratar la bella postal del viejo faro, encontró la botella que flotaba, paciente, en las aguas y leyó el mensaje grabado con tinta honesta que había en ese papel: “Te he soñado cada día y cada noche de mi vida, te he buscado hasta el cansancio, y sé que algún día te hallaré. Tú también eres el depositario de todo mi amor.”

Se dice también que aquel joven, ese mismo día, guardó la carta y creyó que debía encontrar a la mujer que se ocultaba detrás de esas palabras.

MITOS Y REALIDADES

La pila de libros se desmoronó del estante. El hombre, avergonzado, levantaba cada ejemplar con cuidado y miraba las iniciales de los apellidos de sus autores grabadas en la madera, tratando de volver a ubicar a cada uno en su lugar.

- ¿Me permite ayudarlo? -  El silencio de ese pasillo angosto que encerraba volúmenes vetustos de los más variados historiadores se vio interrumpido por la aparición de un joven diligente.

- Claro. Y de paso avisame si ves a “Don José”, una obra de García Hamilton. Es la que estoy buscando. - le respondió. Las líneas de expresión de su rostro y las incipientes canas que plateaban sus patillas mostraban a un hombre que había vivido más de cuarenta años.

Mientras escudriñaban en los nichos vívidos de aquella biblioteca que parecía abandonada, cada uno se presentó. Pedro, con un gesto de cortesía, le extendió la mano y le refirió ser estudiante de la carrera de historia. Felipe, impuso su presencia a la vista más experimentada, con un apretón. Le dijo que trabajaba en el Ministerio de Cultura. El joven, más verborrágico, le pidió con respeto que sea más específico.

- Formo parte de la Subsecretaría de Revisión de Publicaciones Históricas, mi amigo. Investigo sobre las verdaderas historias de personajes célebres y trato de contar la realidad, tal cual sucedió y no como a veces se cuenta. -

- Es una especie de desmitificador de la historia, ¿puede ser? - agregó el chico, mientras simulaba continuar con la búsqueda.

El hombre con una pequeña carcajada, le respondió: - Exactamente -.

De repente Pedro, que parecía más interesado en continuar con la charla improvisada que dar con el libro que creían ausente, lo encontró y se lo entregó a su interlocutor, con el semblante del niño que espera su recompensa por la buena obra del día.

Felipe le agradeció por el hallazgo y le dijo que debía disponerse a continuar con su proyecto laboral, que estaba bastante atrasado. Lo despidió, quizás dándose cuenta de la avidez conversadora de Pedro y se sentó en la única mesa que estaba al fondo del lugar.

Al cabo de unos minutos, el chico se ubicó en el extremo opuesto de la mesa, como queriendo evitarle una incomodidad, y comenzó a pasar las hojas del libro que había elegido. Solo su computadora portátil y un mate lo acompañaban en la tarea.

Felipe trataba de concentrarse, pero el leve arrepentimiento que sentía para con aquel joven se lo evitaba. Notó que quería decirle algo más y que no había sido correspondido. Lo espiaba y veía reflejado en él, el mismo espíritu curioso que solía tener cada vez que investigaba en sus años pasados de estudiante universitario.

Se acercó y se sentó a su lado. Le preguntó si había un mate para él. Pedro que estaba ya enfocado en la lectura, se sorprendió por la aparición repentina. Terminó de tomar, cebó, y se lo cedió con la misma gentileza con la que lo había ayudado antes.

“Vida y obra del Padre de la Patria” era el título de la larga monografía que el joven preparaba en su computadora. El hombre había terminado de comprender el motivo del presumible interés que podía llegar a tener el estudiante en esa charla que había quedado trunca.

- Imagino que allí contarás absolutamente todo acerca de San Martín. Sus cosas buenas, y también las malas -, le dijo Felipe con un tono que parecía un tanto pedagógico.

- Prefiero ensalzar las cosas buenas y obviar un poco los puntos grises o cuestionados de la historia -le respondió Pedro, al tiempo que le señalaba el libro que había elegido como guía para su trabajo de la facultad, una edición de “Yo, San Martín” de Carlos Thorne, un escritor peruano que Felipe desconocía.

Éste creyó que la rara coincidencia le daba la oportunidad de aconsejarlo. - Pero entonces…, cuando seas docente, o quizás cuando escribas un libro, no estarás contando la historia completa, Pedro. ¿No te parece que un buen historiador es aquel que cuenta los hechos tal cual han sucedido? - 

El joven cerró su computadora y ofreciéndole el último mate, decidió sin rodeos decirle lo que pensaba al respecto.

- Puede ser que tenga razón, señor. Que narrar la vida de un prócer de la Patria de este modo, no sea como se suele decir, “intelectualmente honesto”. Pero creo que la sociedad moderna necesita saber que antes existieron hombres llenos de virtudes y de nobles ideales con destino de grandeza, a los que puede imitar. Esos hombres que trascendieron a su tiempo y a su existencia. Pienso que es una de las formas de cambiar el curso de nuestro presente y de nuestro devenir, lleno de incertidumbres y de peleas intestinas. - 

Felipe lo escuchó con atención, aunque no demostraba ni un ápice de asombro en esa profunda declaración que acababa de oír de la boca del joven estudiante.

Con desdén y hasta con cierta altanería, lo cuestionó: - ¿Sabés muy bien que las generaciones revisionistas que me sucedan te van a dar una dura pelea, no? ¿Qué siempre trataremos de bajar a tus ídolos de sus pedestales? -.

Pedro lo miró a los ojos con la seguridad de quien cree lo que afirma y le sonrió. Volvió a abrir su computadora y le dijo con consideración: - Lo sé, Felipe. Y estoy dispuesto a dar ese combate. Ellos se ocuparán de poner el acento en aquello que polemiza. Y yo trataré de resaltar aquello otro que sirva para que la gente vuelva a creer en los héroes que forjaron la historia de este país. -

ELEMENTAL

Del bolsillo del ambo blanco que llevaba bordado su apellido, sacó su pluma y con la punta de la esferográfica hizo un pequeño corte en el vértice del sobre de papel madera. “Instituto Neurológico de Londres” rezaba el membrete. El paso apurado de una regla lo abrió de par en par y le dejó ver al especialista los resultados del estudio médico, expresados en valores inescrutables.

- No veo nada raro por aquí, Arthur -

El paciente desconcertado se limitó a escuchar, con los dedos de ambas manos entrecruzados y una mirada que exigía mayores explicaciones a la austeridad del veredicto del galeno.

El Dr. Joseph Bell llamó a su secretaria y le pidió que les sirva una taza de té a cada uno. Mientras la tomaban, le explicó con lenguaje llano a su escéptico paciente que la jaqueca que lo perturbaba cada noche no demostraba tener correlato en ninguna patología neurológica conocida hasta el momento. Y lamentaba que los comprimidos hipnóticos que le había recetado en las visitas anteriores no hubieran podido interrumpir sus amaneceres noctámbulos a causa del dolor.

Arthur se puso de pie, desempañó la ventana húmeda del consultorio que daba a la calle Baker y se perdió en el horizonte de señores encapotados que entraban y salían de sus casas georgianas. Entregado, dándole la espalda, le preguntó al médico qué otro remedio podía llegar a existir para paliar las molestias de su aflicción onírica.

- Lamentablemente, no puedo recetarte nada. -


El hombre preocupado no quería convencerse de que su colega no tuviese una cura alternativa para cuanto menos, alivianar el sufrimiento.

- Intenta con escribir. Desde que estábamos en Edimburgo, en la universidad, que te escucho decir que lo único que te hace esquivar la depresión es imaginar esas historias de detectives y misterios sin resolver que te inventabas. Prueba con eso. -

El consejo improvisado pretendía darle una respuesta distinta que satisficiera a ese amigo de la juventud, que adolecía cada vez que intentaba dormir.

Arthur lo despidió y esa misma noche decidió poner en práctica la fórmula recomendada. A medianoche, sintió un dolor punzante en su frente. A la luz de las velas se acomodó en el sillón victoriano de su casa, acercó un pequeño escritorio de madera y encendió su pipa.

Las horas pasaban y la pluma se deslizaba sin cesar por las hojas amarillentas. El Detective y su Elemental compañero parecían haber encontrado mágicamente la cura a todas las pesadillas de aquel hombre.

EL PRECIO DE LA PERFIDIA

El shapka y los anteojos hondos ocultaban el rostro de aquel misterioso hombre. Con algún signo de nerviosismo exhibió a través de la ventanilla del Moskvich 408 negro, su pasaporte soviético que lo identificaba como Valeryj Karpin. El soldado que había salido de la garita lo miró con desconfianza y le preguntó hacia dónde se dirigía. La mención de una reunión en el edificio de la SMAD, la Administración Militar Soviética en Alemania y los restantes documentos diplomáticos certificados por el Kremlin autorizaron su entrada a través del West Point Charlie.

El camino hasta el Ayuntamiento Rojo mostraba a una ciudad fría y triste. La nieve acumulada en las veredas empalidecía aún más las edificaciones que habían tenido la suerte de ser reconstruidas. El Muro de la Vergüenza que la circundaba, le ponía distancia infranqueable a un mundo capitalista abismalmente distinto.

El cónclave al que debía asistir era de máxima y estricta confidencialidad. Karpin contaba con información de interés vital para la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que debía ser revelada únicamente en presencia del mismísimo Secretario del Partido Comunista, Vasily Kovalev y del Director del Programa Nuclear, Oleg Salenko.
El informante fue invitado a sentarse en un amplio sillón rojo, uno de los tantos que integraban el mobiliario del antedespacho de Kovalev, mientras esperaba su arribo. El rostro intimidante de Stalin inmortalizado en el cuadro que tenía delante suyo le quitó la poca calma que había recuperado al llegar al lugar y le recordó la peligrosidad de su acometido. Ni siquiera el trago largo de vodka Stolichnaya, el mejor que podía servirse, que le ofreció un asistente y que bebió de un único sorbo, ayudó para relajar su ansiedad evidente.

Los dos políticos se presentaron con un saludo austero y lo invitaron a pasar a la oficina que estaba detrás de la puerta, que se cerró con un golpe estruendoso. Había llegado el momento de la verdad y Salenko, el único que no sabía quién se escondía realmente detrás de ese hombre, se dispuso a escucharlo.

Karpin era en realidad Frank Morris, un físico-químico norteamericano nacido en la ciudad de Montgomery, en el Estado de Alabama. Hijo de un estanciero republicano de ascendencia británica y de una ama de casa que había escapado de la Revolución Leninista del 17’, además del inglés, hablaba con fluidez el idioma de su madre desde que era pequeño. En su vida adulta había participado activamente en el armado de las bombas atómicas que su país había lanzado en Hiroshima y Nagasaki ocupándose de calcular las cantidades exactas de uranio y plutonio que debían cargar para que estas puedan detonar en forma efectiva, y a su vez, causar la mayor cantidad de muertes. Había trabajado durante años en los laboratorios secretos del desierto de Nuevo México que el gobierno de los EE.UU. se ocupó de mantener en el más estricto silencio. Después de la guerra, el ferviente anticomunismo y las comodidades que le ofrecía la C.I.A. lo empujaron a continuar con su labor científica, esta vez con un nuevo enemigo, la Unión Soviética.

Sin embargo, a finales de la década del 50’ comenzó a sentir una extraña culpa que nunca antes lo había invadido. Las preguntas inevitables de sus hijos adolescentes y las filmaciones que habían salido a la luz que mostraban los estragos de aquellos dos feroces ataques contra la población civil japonesa, lo habían acercado a la reflexión y condenado al remordimiento. Un último proyecto en el que había sido designado como responsable lo terminó de convencer en ese invierno del 61’, de tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre.

Estados Unidos preparaba una nueva bomba mucho más poderosa que las anteriores, con el objetivo de ser lanzada sobre el Kremlin ni bien estuviera lista. Estaba ideada para generar una reacción nuclear en cadena que borraría del mapa no solo a Moscú, sino también a todas las ciudades y poblados de su alrededor. Sus efectos serían devastadores y tal vez acabaría con la Guerra Fría mediante la desaparición de la capital de la U.R.S.S., provocando la muerte de millones de personas.

Karpin no había podido conciliar el sueño tras haber aceptado el nombramiento. Creía que los años venideros lo recordarían para siempre como uno de esos villanos universales cuyo genio solo había aportado muerte a la humanidad. Y estaba decidido a cambiar el curso de su propia historia. Atormentado, una madrugada, condujo hasta los laboratorios donde trabajaba y envió un mensaje cifrado a través de la máquina Typex que la C.I.A. guardaba en esas oficinas. La misiva encubierta tenía como destino al Servicio Secreto Ruso, quien unos días después le daría instrucciones a un espía de la K.G.B. en suelo estadounidense para que tome contacto con él y corrobore la veracidad de la noticia clandestina. El gobierno soviético tomó por cierta aquella confesión del científico al espía ruso, quien le entregó el pasaporte falso y le facilitó su llegada a la Unión Soviética.

Una vez finalizado el relato en ese hermético ambiente de cuatro paredes, Salenko, estupefacto, dirigió la mirada a Kovalev como buscando la certificación de todo lo que acababa de escuchar. El Secretario General se acomodó el bigote y con suma tranquilidad, correspondió el gesto con un movimiento de cabeza, asintiendo la declaración. No hacían falta palabras para autenticar lo que estaba ocurriendo.

Los próximos pasos a seguir en la reunión trataban acerca del sabotaje del plan norteamericano. Los rusos le propusieron a Karpin regresar inmediatamente a los Estados Unidos y continuar trabajando en el proyecto para no levantar sospechas. Debería informar semanalmente acerca de los avances.

Un tanto absorto, como si estuviese aturdido, interrumpía las diferentes propuestas que le ofrecían Kovalev y Salenko acerca de cómo transmitir las averiguaciones, para insistir con que debían asegurarle que el manejo de esa preciada información reservada debía utilizarse con el único fin de desarticular el armado de la bomba, y frenar la escalada de violencia silenciosa de la carrera armamentista. Los rusos le dijeron que la única forma que tenían para cumplir con ello era tener acceso directo a los planos y sobre todo, a la documentación que detallaba los procesos de su fabricación. Karpin les había dicho también que para su correcta detonación, la bomba necesitaba de nuevos elementos químicos, nunca antes utilizados. Los norteamericanos, sin reservas, intentaban exportarlos de donde pudiesen. Y es allí donde los soviéticos, en una maniobra distractoria, procurarían de cualquier manera bloquear el intercambio entre sus enemigos y el país que quisiera vendérselos. Ese fue el argumento que Kovalev le refirió y que terminó de convencer al químico. O en realidad, que este último utilizó para obligarse a creer en que todo lo que estaba haciendo valía la pena.

El científico, desesperado por evitar una tragedia y obnubilado por querer lavar sus culpas del pasado, decidía confiar en la promesa de paz que los rusos le aseveraban entre aquellos dos gigantes que se dividían el mundo, a través de la anulación de la nueva arma de destrucción masiva. Pero claro, los soviéticos en verdad solo querían plagiar los planos y de esa forma desarrollar un diseño similar con el mismo alcance mortífero. Algo que Karpin nunca descartó de sus sospechas, aunque ya no había vuelta atrás. Tenía que creer.

Las dos autoridades lo despidieron, y le garantizaron también su protección y la de su familia, donde fuere que en un futuro se encontrasen. Al mismo tiempo, lo intimaron a creer y a juramentar que esa reunión nunca había existido. Karpin les exigió lo mismo.

Ni siquiera los lujos del hotel Moskvá en el que el informante pasó la única noche en Berlín, le permitieron disfrutar de su estadía fugaz en la ciudad a la que solo había visto antes por fotografías. Era consciente de la importancia de las novedades que había dejado al descubierto para los rusos y de las consecuencias que podrían llegar a traerle si equivocaba sus próximos movimientos. Quienes habían escuchado su confesión, lo custodiaban y al mismo tiempo lo investigaban para cerciorarse de que no sea un doble agente. Y sus compatriotas, si se enterasen, le harían pagar muy caro el costo de la perfidia. Karpin, volvía a su país en un vuelo de Aeroflot, sabiendo que Frank Morris caminaría a partir de entonces, día a día, por el filo de la cornisa y debía hacer equilibrio para conservar su vida.

Regresó a su hogar y obsequió a sus hijos y a su esposa los regalos que con cuidado le había entregado el espía que lo había contactado y acompañado en el viaje de retorno, para evitarles el escepticismo de esa suspicaz escapada por “motivos de trabajo” a territorio soviético.

Retornó también a sus tareas habituales en los laboratorios de Nuevo México y tal como habían planificado en aquella reunión en la Berlín oriental, todos los viernes a la madrugada, informaba a través de la enigmática máquina al Servicio Secreto Ruso acerca de los pormenores de la futura y revolucionaria arma nuclear, jamás antes vista. Nadie sospechaba de él. Mucho menos, la guardia noctámbula que custodiaba las oficinas donde trabajaba, que aprobaba su ingreso cada viernes en un horario inusual. En el ambiente científico era considerado una especie de “héroe de guerra” por sus aportes a la Campaña del Pacífico que había puesto punto final a la Segunda Guerra Mundial, y todo parecía de a poco acomodarse en su nueva doble vida.

Sin embargo, los agentes especiales de la C.I.A. habían puesto su atención en aquel personaje que había acompañado a Morris. El legajo que obraba en sus archivos lo sindicaba como William Tucker, ciudadano norteamericano, físico de profesión y docente universitario. Las investigaciones habían podido comprobar que colaboraba desde hacía pocos meses en la cátedra de química que Morris dictaba en la Universidad de Albuquerque y que hablaba con un perfecto acento sureño. En realidad, a la vista de todos e inclusive a las luces de las pesquisas de la propia inteligencia norteamericana, nada hacía sospechar que podía llegar a ser un espía ruso.

Pero una mañana todo cambió. Tucker fue abordado a la salida de su casa por tres hombres armados, cada uno de ellos con una Colt M calibre 45 mientras se disponía a tomar el transporte público que lo llevaría a la universidad, como todos los días. Vestidos con sobretodos negros, sus sombreros de pana y el cuello levantado de sus abrigos escondían los rostros desafiantes. Bastó que el líder de ese pequeño grupo de agentes le exhibiera su revólver y otro se acercara por su espalda para que entendiera el tácito mensaje. Subió al automóvil y luego de ser encapuchado, lo condujeron hasta un sótano lúgubre. Atado de pies y manos a una silla metálica, el único objeto que había en esa sala del terror, el sospechado profesor era torturado con golpes de puño y pases eléctricos por los mismos hombres que lo habían secuestrado.

Juraba desconsolado entre sollozos, ser inocente cada vez escuchaba todas las imputaciones que le enrostraban y afirmaba una y otra vez, llamarse William Tucker. El hombre vejado no cedía ante los tormentos, y hasta parecía convencer a los agentes acerca de su versión totalmente ajena a los hechos.

La aparición de una niña rubia con pecas, de unos diez años, tomada de la mano de uno de los agentes, que lo llamó “papá” y que comenzó a llorar cuando lo vio, consiguió todo lo que el suplicio que aquel hombre estaba soportando no había podido lograr hasta el momento.

Alexander Mostovoi había resistido cada una de las etapas del sufrimiento tal como le habían enseñado en la Escuela de Formación de la K.G.B. y estaba preparado hasta el punto de ofrendar su propia vida por la Patria Rusa, con tal de no revelar su verdadera condición. Pero el amor que sentía hacia su única hija fue más fuerte que todo ello y finalmente, confesó ser espía soviético hacía quince años. Inquietos, los agentes de la C.I.A. tomaban nota de cada confidencia: su identidad real, sus funciones en el Servicio Secreto, y sus contactos en tierra estadounidense.

Casi al final del violento interrogatorio lo consultaron acerca de Morris. Y Mostovoi, entre lágrimas, les contó todo lo que sabía acerca de él y de su traición. Ni siquiera el estupor que le había causado a Morris haberse enterado hacía poco tiempo que su colega universitario era en verdad un espía, había alcanzado para herir su amistad recíproca.

Inmediatamente los tres hombres se subieron otra vez al Fiat 1500 y partieron en medio de la noche estrellada a la casa de Frank Morris. El científico que estaban queriendo cazar como una presa huidiza no estaba. La esposa les informó a los agentes que se habían presentado en la puerta de la vivienda preguntando por él, que tal como lo hacía habitualmente cada viernes después de cenar, su marido había ido a la oficina a las reuniones semanales que mantenía, según ella, con el personal del laboratorio.

A través de la ventana de su oficina el científico pudo ver a la distancia como el guardia levantaba su brazo y con su dedo índice señalaba exactamente el lugar en el que estaba, indicándole luego al conductor del automóvil que debía estacionar para poder acceder a través de las escaleras.

Un escalofrío recorrió la espalda de aquel hombre que estaba sentado frente a la máquina encendida, con los planos de la bomba desplegados en el escritorio. Escuchó los pasos agitados de varios hombres que se hacían oír cada vez más cerca. Morris en cuestión de segundos dio cuenta que no había escapatoria, y que su traición había sido descubierta. Tardó unos instantes en reaccionar, aunque el tiempo alcanzó para arrojar al fuego de la caldera que abrigaba el gabinete inhóspito, la documentación y los planos del bosquejo de la bomba nuclear, que se consumían con la misma velocidad con la que los agentes ascendían escalón tras escalón.

Cuando irrumpieron en la oficina encontraron al científico sentado en su escritorio de madera, pulsando las teclas pesadas del aparato. Los agentes lo rodearon mientras Morris continuaba escribiendo cada vez más apurado, sin devolverles la mirada. Finalmente, la pregunta sentenció su desenlace. Uno de los agentes, el mismo que había mostrado a Mostovoi su pequeña hija, le dijo en voz alta: - ¿Tú eres Valerij Karpin-

Frank Morris, inspiró, le sostuvo la mirada por primera vez y entregado, le respondió que sí.

Los agentes con revólveres y esposas en sus manos se abalanzaron contra él. Uno de ellos había advertido que en su respuesta casi no había abierto la boca, y lo tomó del cuello para evitar lo que resultó inevitable. Frank Morris había tragado una pastilla de cianuro y en cuestión de segundos, pese a los esfuerzos de esos hombres por hacer que expulse el veneno, exhaló y murió.

Los hombres desahuciados dejaron caer el cuerpo inerte sobre la silla y comenzaron a revisar todo lo que allí había, buscando cualquier información que pudiera resultar valiosa para la C.I.A.. Todo aquello que realmente lo era, ardía en el fuego de la caldera.

Lo único que pudieron llevarse en esa noche cerrada de viernes fue la impresión que arrojó la traducción automática de la máquina Typex, que colocaba letras a cada caracter cifrado que era ingresado. El último secreto que quizás Morris había confesado, escrito segundos antes de ser sorprendido por aquellos cazadores misteriosos.

La leyenda decía más o menos así: “Todo lo que hice está hecho para que haya paz. Me voy de este mundo con la esperanza de que mi Patria y mi familia me puedan perdonar, de la misma forma que yo te disculpo para siempre, mi entrañable amigo William”.

FICCIONES DE LA ORDEN DEL TORNILLO

Aquella mañana nublada del 23 de agosto del 43’ la Vuelta de Rocha recibía a los asistentes de la bohemia celebración con una calma inusual. Era domingo y los estibadores y carboneros del Puerto de los Tachos descansaban los laboriosos esfuerzos semanales en sus viviendas de chapa, coloreadas con los sobrantes de las pinturas de los barcos que venían del otro lado del charco y desembarcaban a diario a los expósitos de la guerra. Esos mismos que tras los pasos de augurios idílicos de escaparle a la muerte, llegaban al Granero del Mundo a resucitar sus presentes y soñar con futuros mejores.

Los niños que jugaban a arrojarle piedras al anciano Puente Transbordador, se impresionaban con la aparición de algunos lujosos Lincoln Continental que se estacionaban a los costados de la casa del anfitrión. Para ellos, humildes de sangre italiana, representaba una escena inédita que contaban a sus padres, quienes escépticos y melancólicos, degustaban la pasta della domenica mientras sus mujeres preparaban el aparato radiofónico de madera en el que sus esposos escucharían luego, los goles del uruguayo Varela.

Intelectuales, pintores, literatos, músicos y filántropos de la Reina del Plata y de otros lugares también, arribaban a una nueva reunión de la Orden del Tornillo y se daban cita en la casa del hijo más célebre de la República de la Boca.

La convocatoria tenía una consigna clara: condecorar al afamado escritor español Ortega y Gasset con la imposición de un tornillo de bronce sostenido con un hilo de albañilería, a manera de collar. El curioso ritual, repetido año tras año, homenajeaba a aquellos personajes que habían hecho su aporte a la cultura, y como una suerte de reconocimiento a esa cuota de locura que todo artista debe tener como musa inspiradora, se le entregaba “ese tornillo que le faltaba”, con la promesa de que el bendecido protagonista nunca se lo colocase.

Benito Quinquela Martín le daba la bienvenida a cada uno de sus invitados. El benefactor más importante del barrio conducía uno a uno a los tertuliantes por las escaleras estrechas. Sus pinturas, llenas de empaste y de colores, colgaban de las paredes y espejaban los paisajes que se veían desde la terraza, que congregaba a propios y extraños.

La mesa larga invitaba unos tragos de vermú, servidos en unas copas barrocas que el dueño de casa había comprado en su última exposición en Madrid. Una extraña mujer se esmeraba por esconder las espátulas del atelier, y a su vez, ubicar a cada uno de los asistentes mientras su amigo de la vida, subía y bajaba, ocupado en que ninguno de ellos llegara sin ser complacido con su presencia.
Un viejo tocadiscos situado en un rincón del ambiente más grande de la casa evocaba al Zorzal Criollo al son de “Yira yira”, e impregnaba el ambiente de un espíritu arrabalero. Ese mismo cantor ausente que sería una distinguida figura de aquella velada si la muerte no lo hubiera sorprendido unos años antes.

El último en llegar fue el homenajeado. Lucía un almidonado traje gris, sombrero blanco y un Particular cigarro rubio entre sus dedos. Sabiéndose el centro de atención, saludaba y sonreía a los que salían a su encuentro.

Algunos de los festejantes intercambiaban opiniones acerca de la estética de las pinturas naturistas de Quinquela, quien había desaparecido de la escena por unos momentos mientras preparaba su vestuario. Otros, degustaban las empanadas que ofrecía aquella mujer tan afanosa como misteriosa, dispuestas en una bandeja de plata reluciente.

De repente, el pintor hizo su entrada en la terraza y las charlas ocasionales fueron interrumpidas por un aplauso cálido de todos los que allí estaban. Vestía para la ocasión, engalanado con su uniforme naval, de Almirante. En el ojal de la solapa lucía un tornillo dorado de unos seis centímetros. La distinción máxima de La Orden.

Como un maestro de ceremonias, los invitó a sentarse a ambos lados de la mesa y con la copa levantada, instó a todos los presentes a brindar por el escritor agasajado. Su alocución, que reseñaba la vida y obra de Ortega y Gasset, fue coronada con la entrega de un pergamino y con la frase en voz alta que daba cierre a la pomposa ceremonia: “en este acto, la Orden a la que represento te confiere el tornillo que te falta”.

La tarde se hizo noche, y el concilio continuó hasta altas horas entre tragos largos y discusiones cambalachescas acerca de política, historia, arte, y hasta deportes. Cualquier opinión se convertía en sentencia, y todos aquellos virtuosos personajes parecían no equivocar en sus razones. El pintor, genoroso de actos pero sobre todo de espíritu, obsequiaba uno de sus cuadros a un grupo de invitados que se retiraban acalorados por algún debate no resuelto, y los invitaba a proseguir al día siguiente en la Peña del Tortoni

Quinquela dio cuenta que el espíritu cordial del principio ya no era tal. Los ánimos se habían caldeado en una afrenta dialéctica que ponía de un lado a un grupo de hombres que abogaban por la República y el orden constitucional, y del otro, a uno minoritario que defendía los postulados aristotélicos de obediencia debida a la legitimidad de las normas naturales, y rechazaba los dictados de la legislación positiva de los gobiernos democráticos. Los aristocráticos señores movían ampulosos sus manos cada vez que expresaban sus argumentos y se miraban desafiantes, casi al punto de encontrarse a golpes de puño.

El pintor incómodo buscaba desviar la atención de Ortega y Gasset. Lo apartó y le habló del éxito de su último libro, procurando de ese modo evitarle la vergüenza que ya sentía como propia.
El escritor, con sonrisa relajada, el cigarro encendido, y sin caer en su trampa, le refirió - ¡Hombre, tranquilo, que me lo estoy pasando muy bien! -, al tiempo que le señalaba la botella de champagne que habían descorchado antes de la entrega del tornillo, invitándolo a llenar su copa una vez más.

- Me alegro José.- respondió Quinquela. Y con una mueca, tímida y vanidosa a la vez, agregó - Es que sabés como somos los argentinos, tenemos siempre dos problemas para cada solución. -

El pintor creyó que con esa frase hecha lograría definitivamente cambiar de tema y poner punto final al que creía un momento fastidioso, del que quería evadirse.

En cambio, el escritor parecía decidido a sincerarse, despreocupado de sus Circunstancias, y del peso de sus declaraciones, que podrían tal vez herir la susceptibilidad de su interlocutor, y con la confianza que sentía hacia su amigo, le dijo - Pero claro Benito, es que a todos vosotros siempre os va a faltar un tornillo y jamás vais a querer ponéroslo. Sois un poco genios narcisos, o por lo menos eso creéis, y por ello es fácil reuniros, pero uniros… imposible -.

Los dos rieron, brindaron y siguieron conversando hasta ver las primeras luces de la mañana. Quinquela se olvidó del griterío de sus colegas artistas, y Ortega y Gasset, esa misma noche, le confesó que ya tenía el tema para su próximo ensayo. 
Y luego del abrazo de despedida, sosteniendo el tornillo en alto, le prometió que nunca se lo colocaría.

SANGRE Y HONOR

La cera de las velas de los pocos candelabros encendidos dejaban su rastro sobre las rústicas tablas de madera donde los aldeanos apoyaban, grotescos, sus jarros de vino, que chocaban estruendosos cada vez que brindaban.
Una alegre guitarra detrás del mostrador le daba compás al sirventés recitado por el juglar, el dueño de la taberna, que se esforzaba por armonizar las estrofas pese a su denotado exceso de alcohol.

Era una noche de celebraciones y de festejos. La Villa estaba de fiesta. Hacía unos días "La Inmaculada" había entrado victoriosa en el Puerto de Palos, y después de remontar el río Guadalquivir, pudo finalmente amarrar en la ciudad de Sevilla y desembarcar a su tripulación.
Trujillo recibía con algarabía a sus expedicionarios, a quienes con ese orgullo pueblerino, consideraba sus embajadores en las Américas. La felicidad era aún mayor ya que habían podido regresar con vida todos los navegantes que habían partido hacía ya tres años y unos meses, algo poco común para aquellas épocas del Imperio Español, al que por su vastedad, el Mundo Conocido decía que en él nunca se ponía el sol.

Una ventisca helada interrumpió el clima de jolgorio de aquella velada. El golpe fuerte de la puerta que se cerró generó un silencio entre casi todos los festejantes.
Hernando de Atienza entró a paso decidido, atravesó el salón y se hizo lugar entre unos cuantos hombres que se encontraban sentados en una mesa larga, apartados del vulgo.

Cuando pudo distinguir a quien buscaba, miró fijamente a ese noble caballero y de pie, le dijo: -Mi buen Señor Don Alfonso Enríquez, desea lavar con sangre su buen nombre y honor. -
Es el mío el que se ha sentido agraviado. Decidles a Vuestro Señor que cuando le parezca conveniente, podrán ajustar sus diferencias, a vida o muerte. - le respondió García de Plasencia con la agudeza suficiente como para que todos los que estaban allí se enterasen.
Será mañana entonces. En la posta del Reposadero, a dos millas extramuros, al que deberán llegar por la vieja vía romana. Al alba, cuando se escuche el canto de los primeros pájaros - replicó Hernando.
Allí estaré con mi Buen Señor, quien portará su sable y su daga de mano izquierda - le dijo García.
El caballero asintió la propuesta con una pequeña genuflexión y se retiró de la cantina con el mismo andar firme con el que había irrumpido hacía unos pocos minutos.

Don Rodrigo Fagúndez era el cartógrafo del Reino. De orígenes humildes, había logrado hacerse un lugar entre la nobleza. Sus ilustrados servicios a la corona habían sido recompensados con su nombramiento de caballero y con el Marquesado de casi todos los territorios de Trujillo, algo poco frecuente por aquellos lares. Entre sus vasallos, estaba su hombre de mayor confianza, García, a quien le había cedido los dominios de la villa de Plasencia y le había prometido en matrimonio a una de sus sobrinas.
Don Alfonso Enríquez era el Ayudante del Virrey en el Virreinato del Perú. De linaje aristocrático, había crecido entre las pompas de los grandes banquetes y los pabellones de caza. Señor de muchas otras Villas extremeñas, se ocupaba de la Hacienda Real, la administración del terruño de Ultramar ganado a los incas y delegaba todos sus asuntos en la persona de Hernando de Atienza.

Algo tenían en común. Compartían ese mismo espíritu aventurero de lanzarse a lo desconocido y la ambición de poder ser Señores en esas prósperas y lejanas tierras, aquellas que las crónicas relataban como fértiles para la siembra, y ricas en oro y plata.
Hijos de Trujillo, los dos se conocían desde niños y habían compartido esa última incursión cuyo éxito había hecho eco a lo largo y a lo ancho de las tierras castellanas.
Su relación siempre había sido estrecha, pero una afrenta en altamar, los había puesto en disputa.

Rodrigo Fagúndez había acusado a Alfonso Enríquez, primero frente al Virrey, y después frente al capitán del galeón que los trajo de regreso, de haber cometido ilícitos en el manejo del dinero de la misión, y como si fuera poco, también del incumplimiento en la paga que debía entregarle por su labor de delineante de los mapas que mostraban las nuevas extensiones, recientemente conquistadas para su Rey. El rumor del vituperio, nunca desmentido por tales autoridades, había llegado a oídos de los Señores de toda Extremadura.

Tiempo antes, Alfonso, en la cubierta de la embarcación, había menospreciado la denuncia y con sobrada altanería, había negado la grave imputación en cara del mismo Rodrigo y del resto de los hombres, y adjudicaba el motivo de su enemistad a la envidia de su distinguida alcurnia.
La deshonra estaba expuesta ante todos los que sabían de ellos y se había vuelto irreconciliable. El duelo que debía dirimirse a capa y espada era inevitable y Hernando de Atienza y García de Plasencia habían sido encomendados como emisarios para acordar los pormenores del reto entre aquellos dos Señores, que solo querían volver a verse frente a frente.

Todavía con el brillo de la luna, el día de la cita, los dos nobles partieron de sus castillos acompañados por sus padrinos y por un séquito de escuderos. Cabalgaban vestidos con sus mejores armaduras, adornadas con los escudos familiares. Sus heraldos portaban los manifiestos escritos que consignaban las razones por las que se creían injuriados y la cesión de sus Señoríos en favor del ganador del pleito. Sus pajes hacían lo mismo con las armas que empuñarían en la contienda y una bandera con los motivos del Reino de Castilla encabezaba cada una de las filas de las delegaciones.

Don Rodrigo llegó primero, y luego de desprenderse de su corcel, se quitó la celada para otear en el horizonte la polvadera que levantaba la comitiva de su contendiente. Por el otro lado de ese camino de tierra y de piedras ancestrales, venía Don Alfonso.

Aún a varios metros de distancia, pero ya congregados en el escenario donde habían fijado la comparecencia, sus laderos ataron las riendas de los caballos de sus Señores en esa vieja posta, la última situada fuera de las murallas de Trujillo, utilizada por los ejércitos del monarca para alimentar a sus huestes en las pasadas campañas portuguesas. El relinche de los percherones auguraba la tensión de lo que estaba por suceder.

Alfonso levantó su celada, se la entregó a uno de sus vasallos y no le retiró la vista de los ojos a su enemigo. Rodrigo replicó el mismo gesto.
Hernando de Atienza, tomó la palabra en nombre de su Señor, que era el retador, desplegó su pergamino y enumeró en voz alta los agravios, redactados y suscriptos de puño y letra por Don Alfonso.
A su vez, García de Plasencia, representante de quien estaba siendo desafiado, hizo lo propio con las ofensas detalladas por su Señor.

Una vez finalizadas las lecturas, los contendientes y sus hombres de confianza se miraron todos entre sí, y se dirigieron unos metros al costado del camino, en un pequeño claro entre los árboles del inmenso bosque. No hizo falta ninguna indicación, ese había sido el lugar elegido en centurias por los duelistas de la villa.

Alfonso se quitó su guante derecho, y lo arrojó a los pies de Rodrigo, quien se inclinó y lo recogió con la mirada fija puesta en su opositor. Era el signo de la aceptación del desafío.
Con prestancia y sin demostraciones de temor, como queriendo evitar la entrega de cualquier ápice de ventaja a su rival, los caballeros se desprendieron pieza por pieza de sus panoplias: el peto, la falda, la greba y el escarpe que cuidadosamente eran entregadas a sus pajes.
Los obligados rituales de la ansiada lucha estaban cumplidos. No había árbitro que pudiese velar por las reglas del combate, solo los testigos de fe que debían cumplir con el protocolo posterior.

Desprovistos de sus armaduras, cada uno solicitó su arma. Alfonso empuñó la brava espada que lo había acompañado toda su vida, esa misma que había puesto fin a la vida de tantos nativos en las revueltas americanas. Rodrigo, desenvainó el sable italiano que había heredado de su padre y que éste había adquirido en una de las campañas sicilianas como soldado de los Tercios del Gran Capitán.

-¡A los ojos de vuestros hombres, hoy mi nombre quedará salvaguardado, Don Rodrigo! - exclamó Alfonso con una mueca violenta, mientras lo señalaba con la punta de su espada.

- ¡Serán los vuestros quienes tendrán que daros cristiano entierro y entregarme todas vuestras posesiones! - respondió Rodrigo, agitando la suya y dando el primer golpe.

El intercambio de estocadas era fragoroso. Los orgullosos caballeros batían sus armas con frenesí.
Sus contingentes, expectantes y observadores, formaban un círculo a su alrededor. Se correspondían con miradas de zozobra, sabiendo que no podían participar de ese duelo personal.

Con algunas heridas menores, Don Alfonso y Don Rodrigo, como parte de una tregua que parecía tácitamente pactada, aunque no lo fuese, se distanciaron por un momento de su agitación y apoyándose cada uno en un árbol, buscaron inhalar un poco del aire fresco de esa mañana soleada, otorgando una mínima pausa al combate.

Jadeando, y sin soltar su sable, Rodrigo gritó: - Vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos os recordarán como un estafador! Pelea Alfonso, pelea cobarde! -
Alfonso, seguía exhausto, pero con desdén, sonriéndole con sorna le contestó: - ¡Vuestro rencor os habrá hecho olvidaros que sois hijo de la plebe, pero hoy os lo recordará para siempre el calor de mi espada! -

La ira los había invadido y el desenlace era inminente. Los dos arremetieron con la poca energía que les quedaba, encontrándose en un simultáneo golpe mortal, a la altura del corazón. Sus cuerpos casi inertes se desplomaron a los pies de sus hombres. Los Señores, moribundos, que nunca soltaron la empuñadura de sus armas, buscaban aferrarse a la vida. Miraron al cielo y balbucearon. García y Hernando comprendieron que tal como marcaban las reglas de estos gallardos pleitos no debían asistirlos y dejaron que a los pocos instantes agonicen, y mueran.

El valeroso duelo no había tenido perdedor alguno. El honor de estos dos hidalgos caballeros castellanos había quedado restaurado.

PASIONES PASAJERAS

Las gotas de lluvia y las ventanas empañadas bregaban por oscurecer un poco más ese paisaje gris. El chaleco de algún que otro señalero y las luces al borde de la pista daban un poco de color a ese horizonte que parecía un tanto inerte, repleto de aviones estacionados uno al lado del otro.

El zumbido de las turbinas le hizo repetir la pregunta: -¿Este es el 14 A?- indicando aquel asiento lindero a la ventanilla. Luego de mirar por encima de su cabeza la identificación de las ubicaciones, y confirmar su presunción, Marcos respondió: -Si, creo que si, ahí te dejo pasar.-, levantándose con cuidado de su lugar. Jaime agradeció y se acomodó en la butaca, recostado con la mirada perdida en ese mismo paisaje. Casi inmediatamente, cerró sus ojos. El carreteo y el despegue no le impidieron conciliar el sueño, todo lo contrario. Lo mecieron como si fuera un niño, después de varios días de trabajo bastante ajetreados. 

Al cabo de unos minutos, lo único que interrumpió su siesta repentina fue la inoportuna pregunta de la azafata, que con un tono bastante elevado, le consultó acerca de la infusión que prefería beber.

-Café, sin leche por favor- le respondió, antes de recibir el diminuto vaso plástico con sus sobrecitos de azúcar, arqueando su torso como para no molestar a su compañero de viaje, que se había decidido por un trago de whisky.

Una vez incorporado, sorbió su café, mientras espiaba como Marcos sentado a su lado con su computadora portátil desplegada, completaba con números unas largas listas de Excel en donde las únicas palabras que podían leerse eran las que encabezaban esas largas columnas.

Marcos, con esa leve incomodidad del que se siente observado, le dijo: -Qué aburrido que parece, no?-. Esa misma pregunta culposa que le hacía a su hijo mayor cuando éste jugaba a su alrededor y lo miraba, con la misma extrañeza que lo hacía Jaime.

-Todo depende de lo que realmente te guste-, le contestó éste, con una voz firme que buscaba poner punto final al intercambio.

Marcos, quizás como una herencia del carácter de su padre, afecto a la conversación espontánea, pensó que podría mitigar ese pánico que lo invadía cada vez que volaba, a través de esa charla oportunista que podría entablar con su amigo ocasional.

Por el contrario, Jaime, era un hombre con poca tendencia a la empatía, y mucho menos aficionado a la demostración de afectos. Un tanto parco para el trato con desconocidos y enemigo de los modos políticamente correctos. 

Sin dejar de percibir la sequedad de la respuesta, Marcos se permitió profundizar en esa explicación un tanto ambigua: -Es cierto. Aunque creo que a veces es difícil combinar la obligación con los verdaderos intereses que a uno lo llenan-, y se inclinó señalándole con su dedo índice el libro de tapa vetusta que Jaime había guardado en el bolsillo del asiento, y que le había llamado la atención, más parecido a un tomo de una enciclopedia que otra cosa. 

-¿Te gusta leer? -insistió, en un intento de lograr un poco de más de cercanía en la charla.

Jaime notó el empeño de su interlocutor y se esforzó por comprometerse un poco más en el diálogo. -Claro. La literatura es parte importante de mi vida. Sino fuera por Faulkner últimamente, mis continuos viajes serían cada vez más monótonos- contestó.

Marcos decidió abandonar la mediana concentración que simulaba demandarle las fórmulas matemáticas que ingresaba una y otra vez en su pantalla, para proseguir con la conversación, mientras movía de lado a lado el hielo de su bebida escocesa. -¿Acaso sos escritor?- le preguntó con cierta ironía, presentándose. 

Jaime devolvió la gentileza estrechándole la mano y diciéndole también cómo se llamaba: -Si, me dedico a escribir. Tengo que ir a presentar uno de mis libros a Mendoza.-

-¡Qué bueno Jaime! ¿Y sobre qué temas escribís, se puede saber?-

El reciente escritor descubierto dio cuenta del interés de Marcos y casi sin escapatoria, recordó los viejos consejos de su madre fallecida que siempre lo renegaba de pequeño cuando rehusaba de los mínimos gestos de cordialidad al toparse con un extraño: -mi género literario favorito es la novela policial. Trato de escribir sobre eso, que es lo que me gusta. ¿Y vos Marcos? Tu vida son un poco los números por lo que veo…-

-Ja, un poco. Es mi trabajo. Y punto. Soy uno de los contadores de una empresa multinacional- le contestó Marcos, creyendo que su respuesta lo aburriría.

Jaime, se desabrochó el cinturón y a modo de cumplido, le refirió: -¡Qué bien! Qué importante que parece-. Y agregó: -Me imagino que te gusta lo que hacés.-

Marcos habló con franqueza: -Para ser honestos, cada vez menos.- 
Sentía que había perdido esa vocación de sus primeros años, cuando los números representaban para él la previsibilidad y la certeza para cualquier planificación que pudiera haber diseñado para sus proyectos. Y agregó: -La obsesión de la gente por el dinero y la ambición por el poder hacen que los cálculos de la vida, por más matemáticos que quieran serlo, nunca sean perfectos.-

Jaime se quitó los anteojos y se convenció a escucharlo, a oirlo, más allá de lo que sus palabras querían decir. -Entiendo. Hoy por hoy se dice que las guerras se desatan por plata. No me quiero imaginar como se traslada eso a tu empresa. Y mucho menos, por lo que me decís, a tu mundo- le replicó, con intención de ahondar en su declaración confesional.

-Si, es cierto. El mundo de los negocios a veces es perverso. Revela lo más bajo del hombre, que es capaz de hacer cualquier cosa con tal de que cierre bien un balance, o suba el valor de una acción.- señaló Marcos, procurando no descubrir algún que otro secreto más que ocultaba detrás de su descontento profesional. 

Jaime, desde sus adentros, se había olvidado por unos momentos de las formas austeras y de esa coraza que siempre quiso ponerle distancia a su costado más sensible, exclusivamente reservado para su pluma. Y como una suerte de homenaje a otro de sus escritores de cabecera, creyó que su consejo podía llegar a caer en la indiferencia y en el olvido si sus palabras no se decían con lastre y sus ideas, con sangre:- Seguramente sea así. Pero el secreto, en el fondo, está en la pasión con la que hagas las cosas. Siempre vas a tener detractores que te desalienten en el día a día o algún sistema corrupto de turno que te ponga obstáculos para cumplir con tus metas, y a veces con tus sueños.- le contestó.

Y siguió: -Mi trabajo me exige presentaciones a tiempo, muchos viajes y desgastantes discusiones con la editorial acerca de los temas sobre los que quiere que escriba, que por lo general, están en las antípodas de mis preferencias. Todas situaciones que realmente detesto y que me quitan tiempo para contemplar y para escribir. Pero cuando eso pasa, trato de recordar aquella vieja consigna que me dijo alguna vez mi profesor de letras: “la literatura es un esfuerzo estético por contar, explicar o transfigurar el mundo con palabras”. Y en ese esfuerzo, se concentra mi pasión.-

Marcos, escuchaba atento cada una de sus sentencias, totalmente despreocupado de su aerofobia. Sentía una suerte de identificación en esa descripción autorreferencial de Jaime, pero al mismo tiempo, había algo que no lograba entender. Y luego de beber hasta la última gota de su añejado elixir, le preguntó: -Pero entonces, ¿si tu pasión son las letras? ¿Por qué parece que a veces te cuestan tanto, como a mi los números?- haciendo un gesto de incomprensión, apoyando sus manos en los brazos del asiento.

Jaime respondió: -Es que Marcos, la pasión no está puesta en la novela misma. Es decir, en poder escribir una concatenación de oraciones con sentido que puede llegar a convencer a un editor para su publicación, y que a cambio de ello uno pueda percibir un poco de dinero. Va por otro lado. La pasión del escritor radica en la superación por cambiar su pequeño mundo del día a día. Con sus cosas buenas y malas. Con las que puede modificar y con aquellas otras que no. Todo eso a través de las historias que quiere contar. Y en ese esfuerzo del que te hablo, y del que me hablaba mi profesor, está el volver a sentir el gusto por la vida a través de las letras. A partir de ahí, uno a veces, se redescubre y vuelve a encontrarse un sentido.”

Marcos, que no contaba tantas canas como aquel al que oía como un viejo sabio, quedó un tanto estupefacto, tratando de asimilar aquella lección improvisada.

De repente, la charla se vio interrumpida sin aviso por la aparición improcedente de la misma azafata, que lo advirtió a uno de ellos de su equivocada ubicación y lo instó a sentarse varias filas más adelante.

Marcos y Jaime se dieron la mano otra vez, y más allá de sus promesas de reencuentro, nunca más se volvieron a ver.